
Acampábamos yo y cinco amigos sobre la orilla del arroyo Marincho, en Flores, cerca de la estancia de Hans, mi mejor cómplice. Hacía mucho calor. Teníamos dieciocho. El descenso para fumar un cigarrillo en la ciudad había sido un paseo por el centro de la tierra, abochornados en el aire hirviendo. En el arroyo, a la sombra o en remojo las cosas fueron más soportables. Hubo asado, mate y rock and roll. Nadamos en el agua y yacimos en el pasto. Cuando Stairway to Heaven terminó de sonar en la oscuridad, abandoné mi tarea de disc jockey molesto y me quedé dormido. La noche en el Marincho fue extraña. Dormimos en tres carpas; yo con Hans, un equipo de música y un revólver 38 con el que durante el día habían salido a errarle al blanco en el monte. Afuera el silencio que nos era tan ajeno dejaba oír el ruido de las hojas crujiendo. Ruido que podía ser de pasos, que podía ser de nada, sólo el eco en nuestras cabezas insomnes.
Bajo la amenaza de una tormenta que nunca llegó, la madre anfitriona nos despachó a la capital por la tarde del día siguiente. Cinco de nosotros, al regreso, decidimos hacer una fiesta y emborracharnos con litros de vodka y jugo de naranja. Yo tenía puesta una de mis remeras de Nirvana, con la cara de Kurt adelante y detrás. Había sido un ícono en mi adolescencia, y en aquellos años aún me gustaba mucho llevarlo puesto. Esa remera que vestía había pasado la noche en el campamento colgada de la rama de un árbol, secándose. De pronto alguien preguntó “¿qué pasó con tu remera?”. Todos se reunieron a mi alrededor y me dijeron que estaba rota. Me la saqué, la miré, la miramos todos. La cara de Kurt dibujada sobre la espalda tenía los contornos de los ojos y la boca perfectamente recortados. Ojos vivos, boca sonriente. Mirándonos.
Esa noche y muchas otras todos imaginamos posibilidades, inventamos paisanos psicópatas, nos acusamos mutuamente de haber perpetrado una broma de mal gusto. En el paso de los años fueron apareciendo, habiéndonos rendido ya a la interrogante, criaturas monstruosas y espías soviéticos. Siempre todos los que estuvieron allí negaron saber algo de esa remera. A varios les cambia el brillo de los ojos cuando mencionamos el tema, casi una década después. Con el tiempo y el desorden la remera se perdió, y con ella la única prueba tangible que podría hacer caer la fantasía en escombros. Ya no aceptaré que nadie me ofrezca una versión razonable de los hechos. Es demasiado tarde. La razón, a la que le he otorgado poderes de decisión amplios en extremo, carece de jurisdicción en este caso. Ni respuesta razonable, ni creíble o comprobable, ni mucho menos una confesión de parte. Porque perderé la fe. Me quedo con el milagro, con esos ojos vigilantes y la sonrisa iluminada, con el recuerdo resplandeciente de haber visto llorar a una virgen.
5 comentarios:
Me gustó.
Punto para el post entonces.
buenisimo
Y ni te digo si lo cuento de noche iluminando mi cara con una lámpara.
el sabor de lo desconocido. el misterio. el milagro. y la casualidad también. un muchacho que se cruza en la vida. un oído. música. muy bueno.
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